Colombia, octubre de 2014 - No. 16

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Jericó 1885- 1956. Profesor, periodista y poeta Jericoano. Escritor regional y popular, improvisador afortunado, romántico y sencillo. Con su poema - Boyacá, ganó un concurso literario y muy célebre fue su poema Elogio a la Mujer. Autor de los libros de versos: Poesías, Corazón a flor de piel y Perla del Ruiz.

 

 

Poesía

El elogio de la mujer

El poema está conformado por 160 versos (unas 15 estrofas), hace parte del libro “Corazón a flor de piel”. Está en la biblioteca Pública Piloto de Medellín, como reserva, en la Sala Antioquia.

Leído por una colombiana que, al parecer, le cambió el título, lo reacomodó a su amaño y lo presentó como de su autoría.

Pueden comparar: el título, la primera y la última estrofa.

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La Mujer

(Presentamos la primera y la última estrofa)

Quiero vibrar de amor en este instante;
mi lira, aunque tan nueva, abandonada.
Permitid que recoja algunas rosas
De las que llevo en el jardín del alma,
Ante una criatura luminosa,
Ante una criatura soberana, que, en
el desierto inmenso de la vida
llamar debemos bienhechora y maga!

Y vosotras o damas venturosas en cuyo honor,
medio brilló mi arpa:
permitid que mi mano temblorosa llegue a
ese jardín que hay en el alma, que tiene
Perfume de tristezas y rocío de lágrimas!
Para hacer un precioso ramillete que
deshojo postrado a vuestras plantas...
donde mi amante corazón abre sus alas.

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Del poema original, de José María Ospina Puerta – ¡uno de los poemas más hermosos, escritos a la mujer!–, presentamos las dos primeras y las dos últimas estrofas; (conservamos su ortografía y puntuación original, 1951).

El elogio de la mujer

Quiere vibrar de amor en este instante
mi lira, aunque tan nueva abandonada;
y quiero –peregrino en esta noche–
de los pies desatadas las sandalias,
penetrar al palacio luminoso,
al templo regio donde oficia el alma
para ofrecerle a la mujer mis flores
en el vaso sin luz de las palabras,
y hacer que ante ella, como un ave alegre,
mi rojo corazón abra sus alas.

Si os resignáis a recibir mi frase,
si oír queréis la vibración de un arpa;
si perdonáis mi atrevimiento loco;
si no os cansa y fatiga mi palabra,
permitid que deshoje algunas flores
de las que llevo en el jardín del alma
ante esa criatura luminosa,
ante esa criatura soberana
que en el desierto inmenso de la vida
llamar debemos bienhechora
y maga.

  “A mi adorada esposa doña Margarita Hurtado de Ospina y a la mujer en general.  Jericó, Antioquia, Colombia, Julio de 1951”

(Penúltima estrofa)

[...] Se llama luz cuando en el aula enseña;
se llama Amor cuando arrullando canta;
se llama Fé cuando consuela al hombre
en la jornada que el dolor amarga;
Esperanza se llama si nos mira,
se llama Caridad si unge las llagas;
Concepción, cuando se alza hasta los cielos;
cuando Dios la contempla, Inmaculada;
y en el Drama sangriento del Calvario
con la faz coronada por sus lágrimas,
se llama redentora de los hombres
Dolores, Soledad, Tristeza Blanca,
Madre de Dios y de los hombres todos
cuantas veces queráis Inmaculada.
Detén el vuelo, pensamiento mío;
sediento corazón, tu grito acálla;
espíritu atrevido y pesaroso
no vueles hasta allá, cierra las alas,
que es imposible que mi verso oscuro
pueda decir lo que me dice el alma,
ni pueda retratar en flojo lienzo
lo que es tan grande ante la mente humana.

Excusadme, señores, si profano
os he cansado aquí con mi palabra;
yo soy un soñador, y no he podido
callar cuando el espíritu me habla;
y vosotras, oh damas venturosas,
en cuyo honor medio vibró un arpa,
permitid que mi mano temblorosa
llegue a este rosal que hay en mi alma,
que tiene perfume de tristezas,
rocío de pesares y de lágrimas,
para hacer un rosado ramillete
que despoje con lujo a vuestras plantas
mientras cantando, como un ave alegre,
mi rojo corazón abra sus alas.

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