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Idea no era Onetti... era Vilariño
Hasta qué punto esta poeta considerada entre las mejores de su época, puede ser reconocida desprovista de la sombra de su sexualidad. Discreta, es cierto, pero analizada con inusitada frecuencia desde la perspectiva de sus relaciones sentimentales.
Rodeada de amigos, sensible al mundo y sus placeres, siempre joven para amar, Idea se volvió un mito. Tal vez sin proponérselo, lo consintió, como un asidero existencial dentro de la búsqueda incesante de una razón de ser. Si en ocasiones obtuvo consuelo, su historia termina por ser menos suya y más de su público. Un público interesado en proyectar su imagen a través de una relación tormentosa.
Aunque se negara a comentar su obra, leerla era suficiente para los jóvenes uruguayos del momento. Encontraron la forma de romper su anonimato y su palabra de poeta, era su palabra de vida y su vida se resumió en el hombre a quien amó.
Si bien es posible analizar al escritor desde su obra, si ella es un testimonio, sus lectores la entendieron casi siempre como la amante. Hicieron suya vivencia.
Ese objeto que ella fue para el otro puede integrarse, dejar de ser el derrotero para estudiarle; su trabajo, su familia, su intervención en política, sus investigaciones, sus traducciones, su música y quienes la amaron, también la intervinieron, la constituyen como mujer. En conclusión, ella puede ser apreciada como Vilariño.
Elena Idea Vilariño Romani
Reconocida y amada por sus lectores, Idea Vilariño fue una mujer de temple, su obra fácil de leer y de entender, acoge tanto lo popular como lo académico y deja al descubierto el mundo sombrío donde se refugió. Esta uruguaya se distinguió por su rectitud. De ella no la disuadieron las situaciones difíciles que afrontó. Idea era una mujer capaz de decir no. Lo demostró cuando en 1966 rechazó el premio nacional de literatura de su país por discrepar con la integración de los jurados. Asimismo, rechazó en dos ocasiones la beca Gugennheim por razones de moral política, como le dijo a Jorge Albistur. “Siempre pensé que dentro de lo poco que pueden hacer los artistas está dar ejemplo de conducta. Pensaba que por ahí podían andar los dineros que mataban en Vietnam o en Granada”. Y prefirió esquivar un perfil público.
Idea creció en una familia de artistas. Leandro Vilariño y Josefina Romani tuvieron cinco hijos: Poema, Azul, Alma, Idea y Numen. Su casa era amplia, tenían un lago al fondo con patos, otros animales y naturaleza a su alrededor. Ella y sus hermanos se educaron entre la poesía del padre, la música y la literatura de la madre. El barrio seguramente les dejó su huella. La vida allí giraba en torno a los diferentes establecimientos, la farmacia, la zapatería, la sastrería, el bar, la tienda. Eran inmigrantes europeos, con un sentido de pertenencia muy distinto al de nuestra cultura actual.
Los Vilariño eran una familia de clase media. Afrontaron sus dificultades económicas y de salud en medio del respeto y la admiración de los vecinos, eran un referente de cultura y solidaridad para su comunidad. Doña Josefina muere a los 42 años y Azul a los 23. La Calera de Oriente, barraca de construcción muy reconocida, era de propiedad de don Leandro, anarquista convencido. Las cosas en su barraca se resolvían entre todos.
La singularidad de esta mujer, sus logros, su personalidad y su talante, se forjaron en ese sector, habitado además por numerosos artistas. Entre otros reconocimientos, obtuvo el “Premio a la labor intelectual, José Enrique Rodó”, en 1987 y recibió la medalla “Haydeé Santamaría”, en 1994, siendo la primera mujer en recibir tal distinción. Poeta, traductora, profesora de letras, compositora y violinista, perteneció al grupo de escritores denominado Generación del 45. Sus traducciones de Shakespeare se presentaron en Montevideo. Publicó, en 1958, un trabajo sobre la métrica titulado “Grupos simétricos en poesía”. Estudió con ahínco las letras del tango y declaró su preferencia por ellas. “Las letras del tango”, es un completo estudio de los poetas del dos por cuatro. Le dijo a Jorge Albistur: “Lo que habitualmente se llama poesía no me gusta. Ser jurado de concurso es una experiencia frustrante porque me veo obligada a leer montones de esa cosa horrible”. “El ritmo es fundamental en todo hecho poético. Un poema es un franco hecho sonoro, sonidos, timbres, estructuras, ritmos. O no es”.
Canciones emblemáticas suyas son: “A una paloma”, musicalizada por Daniel Viglietti, y “La canción y el poema”, musicalizada por Alfredo Zitarrosa. Cofundadora de varias revistas, como Clinamen y Número. Hasta 1998 no se dio a conocer su nombre, y sus palabras se escucharon fruto del documental “Idea”, con dirección de Mario Jacob. Ésta es considerada su primera entrevista, se la concede a Rosario Peyrou y a Pablo Rocca. Si bien Vilariño aceptó diversos premios e invitaciones tanto en su país como en el extranjero, nunca quiso comentar sus poemas ni escribir sobre su obra poética traducida al ruso, al alemán, al italiano y al portugués.
Irina Bogdachevski, su amiga y traductora al ruso, opinaba: “Yo creo que hicieron de ella un personaje. Ella no tenía empeño en ser infeliz. Lo que tenía era empeño en ser ella misma”. Es probable que así fuera. La decisión de estar sola la tomó a los 16 años. A esa edad las jóvenes uruguayas de su tiempo soñaban con el amor en otros términos. Cuentan que idea necesitaba estar lejos de la cal de la empresa de su padre para solucionar sus problemas de asma y esa fue la razón. Cómo se sostuvo, es la pregunta, cuando además del asma, el eccema le llenaba el rostro de vejigas y la obligaba a recluirse con cuidados extremos. Idea fue una niña precoz, desde muy pequeña estaba en busca de un joven que le gustara para hacerlo su novio. Tuvo la costumbre de anotar a los hombres con los que había estado. Cuando le preguntaron si eso era escandaloso, respondió: “A Mario Benedetti nunca le pareció. Los demás pensaban que yo era una ordinaria”. Entonces le preguntaron si la poesía amorosa era el centro de su vida y respondió: “No, el centro de mi vida ha sido una corporalidad invasora, ávida, que asedia mi trabajo de escritura”.
Rosario Peyruo estudió en el mismo plantel en donde Idea era profesora. Sus opiniones sobre ella nos remiten a un personaje que no pasa inadvertido: “La veía en el patio y era una mujer con un aura mítica. Llevaba atrás la leyenda de su relación con Onetti, con Manuel Claps, con Oribe. Era una Montevideo de los años cuarenta. Y esa cosa de no importarle lo que decían, hizo que su leyenda estuviera viva aún en los sesenta. Tenía una sexualidad muy libre pero muy discreta”.
Jorge Albistur conversaba con ella, puede decirse que la entrevistó en 1994. Tal vez la difusión de aquel encuentro no se publicitó, o el documental “Idea” recibió una mayor acogida. Sus respuestas en esa ocasión nos dan una mejor visión sobre varios aspectos del sentir de esta mujer. Le contó: “Siempre convivieron en mí la capacidad de hacer cosas, el amor por vivir y por hacer, y el desistimiento. En los tiempos en que hacíamos Número, me levantaba a las cuatro, a veces sin haber dormido, por mi asma. A las ocho estaba dando mis clases en Nueva Helvecia; a las dos de la tarde estaba en mi Sala de Arte de la Biblioteca del Museo Pedagógico. Y a la salida, a las ocho, había a menudo reuniones de Número. Sé hacer fuego, pintar paredes, traducir, hacer un jardín, enseñar a un perro, encuadernar, hacer ginebra. Me dividía entre el deseo de muerte y el amor por aquellas tareas y por la vida ¿Y el amor? Tanto que amé, tanto que me amaron. Y las clases y los estudios sobre ritmo, al mismo tiempo que la poesía desgarrada. Y la necesidad de soledad y la militancia gremial y política. Señalo así dos incoherencias: Una, que sintiendo hasta las heces ese deseo de muerte que fue una constante de mi vida, no me haya matado. Otra, que careciendo de la más mínima necesidad de comunicarme, haya publicado... En cuanto a lo de seguir viviendo, me lo he explicado a veces como una consecuencia de las terribles enfermedades que periódicamente asolaban mi vida. Después de un año, de dos, de tres de padecimientos indecibles, sobrevenían unas ganas ingenuas y ardientes de vivir un verano más, de recobrar el uso feliz de mi cuerpo. Lo de publicar comenzó siendo circunstancial. A cierta altura, dejé de buscar explicaciones. Simplemente, ser”.
Si nos atenemos a lo escrito por sus biógrafos y si le agregamos estas palabras suyas, las opiniones de Irina, su amiga, nos ponen a pensar. A Idea no la hicieron un personaje, ella lo era. Idea fue como fue, pero la pintan como la pintan y en algunos casos no corresponde el rostro. Tomó las riendas de su vida a muy corta edad, ávida de experiencias, las disfrutó, las lloró y se sobrepuso. No era infeliz, era consciente de lo que significa la felicidad. Es a ella a quién mejor le quedan las palabras del poeta mexicano Amado Nervo: “Vida nada te debo, vida nada me debes, vida estamos en paz”. Vivió en orden, activa social e intelectual, entre la satisfacción y la desgracia pero sin complacerse en ella, sin términos medios y con esa capacidad de estremecerse. Lo que de ella supimos, difiere en mucho de la argentina Alejandra Pizarnik. Aprendió desde niña a no preocuparse de dios, a saber de la transitoriedad del amor, del mundo y de la vida. A mirar su obra y su cuerpo con un sentido de disfrute, sin hacer planes con ellos. Humana claro está, y como a todos, la vida se le hizo muchas veces insoportable. Sin embargo no apretó el gatillo de su revólver.
Juan Ramón Jiménez, dijo de ella: “En esas fotos antiguas que yo veía antes de conocerla, Idea Vilariño tiene a diferencia de quienes la rodean, una conciencia muy clara de estar posando, una actitud de mirada intensa y presencia ensimismada y letárgica que parece aprendida de Virginia Woolf o Greta Garbo o Juliette Gréco: la musa distinguida y pálida que toma de pronto las riendas de su propia vida imponiendo su presencia en un círculo de hombres, escribiendo poemas que al cabo de muy poco tiempo ya se han despojado de cualquier rastro de retórica y de musicalidad evidente, han adquirido una mezcla de desbordamiento impúdico y rigor expresivo que lo deja a uno sin respiro desde la primera lectura”…
Idea era una mujer independiente. La imposibilidad de su relación con Onetti no la explico por esa razón; todo lo contrario. Se sostuvo siempre en la búsqueda de su deseo, de encontrar algo en qué creer, era la hermosa seguridad de que todo lo que se hace es inútil, de que vamos a morir y sin embargo hay un plazo de vida antes de esa sombría sensación. Ella habla de una soledad inevitable y para ella era clara la necesidad de aprenderla, la rutina de una convivencia no era su preocupación, era la seguridad de estar sola, de depender de nuestra propia e inevitable soledad. A mi manera de ver, Onetti fue un hombre amado con la suerte de encontrar a Dolly. Pero Idea era mucho más que su relación con Onetti, Idea tuvo vida propia, vida que hubiera perdido si asume una convivencia con él. Lo sufrió y lo gozó de la única forma posible:
Somos ajenos
tú
y yo misma
y mi casa.
Sos un extraño
un huésped
que no busca no quiere
más que una cama
a veces.
Qué puedo hacer
cedértela.
Pero yo vivo sola.
Idea Vilariño se definió como una mujer rigurosa e intolerante. A ese carácter suyo tal vez se deba la fortaleza para romper con los tormentos de su amor. Sí, su capacidad de amar era evidente, de igual manera su capacidad de adaptarse, de recuperarse.
La muerte del profesor Arbelio Ramírez en 1961 fue un hecho inolvidable en la vida de la poeta. Ese día, Onetti dejó en claro su intransigencia y su amargura. Tal vez el amor ciego de Idea abrió los ojos. Amar como ella lo hizo y reventar las cuerdas a tiempo, no es fácil.
A media noche sonó el teléfono para anunciar la muerte del profesor, lo mató una bala mal dirigida que iba para el Che Guevara. Idea y Juan Carlos llevaban tres días de encierro, luz artificial, poco alimento y extenuación amorosa. Idea se vistió y le anunció a Onetti que volvería en dos horas. “Si te vas, no me verás más” le dijo él. Ella se devolvió. “Si te vas a quedar de esta manera, es mejor que te vayas”. ¿Sí?... Respondió Idea, “bueno, entonces me voy”. Ya en la puerta lo escuchó decir: “Te vas a arrepentir de esto. Vos sabés que yo no me puedo ir solo, pero me voy a ir de cualquier modo”. Idea se devolvió otra vez, discutieron y se fue. Tres horas después, Onetti no estaba, dejó una nota insultándola y los poemas que ella le escribió arrojados al pie de la cama.
En “Construcción de la noche”, libro de la editorial Planeta publicado en 1993, Idea cuenta la historia de lo ocurrido para María Esther Gilio y Carlos M. Domínguez, ambos periodistas. Lo publicaron en la biografía sobre Onetti. Vilariño termina el episodio hablando sobre su visita a Dolly: Era urgente aplicarle la droga que dejó olvidada en mi casa, nos dice. Juan Carlos estaba destrozado y desde adentro gritaba para que le devolviera sus poemas.
Idea volvió días después para saber cómo seguía. Dolly aprovechó para decirle: “¿Cómo es que queriéndolo así, de esa manera, vos podés andar después con otros?” “Vos lo tenés y yo no, le respondió Idea. Vivo sola, soy joven, a veces me paso años sin verlo, no puedo estar dependiendo de un hombre que se acuerde dentro de tres meses que existo. Ahora, lo que yo tampoco comprendo, es como hacés para tolerar su relación conmigo y con otras mujeres”. “Mirá, contestó Dolly, lo que lo hace feliz a él, me hace feliz a mí. Yo quiero que él sea feliz”.
Idea y Onetti sólo vuelven a encontrarse antes de la salida de él para España. Reflejaba todavía la fragilidad y la angustia de su indecisión. Un gran escritor y un hombre por definir. En “Construcción de la noche” se hace más patética la frustración de los personajes.
En 1973 Onetti fue hospitalizado de urgencia. Después de varios años volvieron a verse. Dolly se retira de la habitación: “Quedamos solos y callados... Me miraba por momentos; por momentos volcaba la cabeza; se mordía el labio superior, con una expresión de impotencia, de desesperación: ‘¿Así que yo no sé lo que es el amor? Vos sufrís de amnesia. La primera vez que entré a tu sala del museo quedé loco por vos’. ‘Nunca me lo dijiste. Nunca entendí aquel deseo de posesión’, le responde ella. ‘No te dejaba ir a clase. ¿Y no se trataba de deseo? Si no, no sentiría esta horrible ternura que siento por vos... Lo que nunca pude recordar, lo que nunca pude saber, fue cómo terminó lo nuestro, cómo te perdí de vista, qué pasó’. Ella le recordó la noche de 1961, la muerte del profesor, la discusión, el abandono. ‘Mirá, dijo, yo borracho, lloré una o dos veces en mi vida, vos sabés; pero en seco, nunca. Y siento que voy a llorar’.
‘¿Qué hacía yo ahí supremamente conmovida, inclinada hacia él desde mi silla, impotente, desesperada? Pensé que tal vez era la última vez que lo veía’. ‘Tengo sesenta y tres, dijo él. Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente, y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo’. Estábamos como declarándonos. Entre otras cosas le dije: ‘Tuve años tu robe de chambre, aquella que fue de no sé quién, y que vos usaste, colgada allí, recordándote. Durante mucho tiempo la olía a veces, hundía la cara en la seda hasta que perdió aquel olor’... Temí que iba a llorar. Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso después del cual debí morirme... Estábamos como enfermos de emoción... Era lo de siempre; me tenía en sus manos, me partía en dos. No me olvidaba de L. ni de D. Si no, si hubiera cedido a mi emoción, creo que me hubiera arrodillado junto a la cama, y le hubiera dicho: ‘Lo que querás, como querás’. Entonces entró Dolly e Idea dijo que tenía que irse. Cuando se acercó a saludarlo, Onetti la besó en la boca. ‘Ella me acompañó hasta la puerta, y no me volví a mirarlo. Esperé largo rato el ómnibus con ganas de llorar o de morirme’.”
El deseo de posesión disuadió a Idea. Si no hubiera percibido su libertad en peligro, el amor propio de Onetti tal vez no se hubiera manifestado tan dolorosamente. Trece años después, aún resentido, se apoyó en la nobleza de Idea. Intentó sembrar en ella el arrepentimiento, alagó sus sentidos. Pero la decisión tomada continuó siendo irreversible. El beso a Dolly después de desprenderse de los labios de Idea, es como el territorio que se delimita en presencia de quien lo ha perdido. Es el berrinche por el balón que ya no te presto, es la provocación cosificante que parte en dos a Idea y la pone entre la alternativa de llorar o morir.
Onetti se va para España poco tiempo después, un cuento suyo catalogado como subversivo y la situación política de su país lo llevan a tomar la decisión. Idea sigue entrevistándose con la gente del MLN o Tupamaros, movimiento de izquierda entre cuyos líderes estaba Pepe Mujica y Raúl Sendic muy cercano a la Vilariño.
Idea no desistió, amó, pero también aquellos que la amaron, silenciosos cómplices, leales admiradores, fueron sus mejores amigos. Tan cercanos a la mujer, como a la compañera y hasta la hermana y consejera. Rubén Cosito, su primer novio, vuelve para hablarle de sus ochenta años de amor por ella; desde 1995 su relación fue casi siempre telefónica. Dice Rubén: “Si lo cuento es para convencerme de que pasó, de que la quise y me quiso”.
Idea es un fenómeno del cual se habló y se sigue hablando. Reconocida casi hasta su muerte. En 2008 Los Buitres, un grupo uruguayo de rock, anunció un homenaje: “Para alguien a quien le hemos robado muchas cosas”. Mientras una foto de Idea Vilariño ocupaba las pantallas, ellos tocaron “Es decir”, un tema que le dedicaron.
Entre 1945 y 1948 el eccema la laceraba. Debajo de la piel acumulaba agua. El agua traspasaba el colchón y mojaba el piso. La piel se necrosaba todos los días, caía reblandecida. Dice la leyenda que un solo hombre podía ver a la vestal tapiada, entrar en el apartamento y hacer la ceremonia silenciosa: arrancarle la piel hasta dejarla en carne viva. Ese hombre viajaba a menudo a Buenos Aires, sus viajes dificultaban el oficio de guardián, ese hombre era Manolo Claps. De una manera conmovedora, Idea lo recordó: “En la sensualidad, en el erotismo, lo que más me ha cautivado no es lo carnal. Recuerdo una atroz enfermedad en la piel que me mantuvo clausurada durante un largo tiempo. Y un hombre que venía todos los días. Me traía comida. Me peinaba”.
En 1949, ella, Manuel Claps y Emir Rodríguez Monegal, fundaron Número, una revista literaria que se transformó en un referente y a la que se incorporó, después, Mario Benedetti, que sería su amigo hasta el final.
Jorge Liberatti, crítico literario dijo: “Idea Vilariño es mucho más que dos semanas que pasó con Onetti”. Jorge fue el único marido de esa mujer multifacética, empeñada en encontrar el amor a su manera. No logró entenderlo en la dimensión del otro, desde su capacidad de dar. Se casaron en 1975 y se separaron en 1986, eran amigos desde 1968. Dice Jorge de ella: “Tenía ese aspecto complicado de la violencia política. Estuvo muy comprometida con Raúl Sendic. Era muy trabajadora. Pintaba los mueblecitos, hacía las plantitas, y se ponía a traducir. Era un burro de carga. Y eso que el asma era un tema complicado. Llegaba a ahogarse mucho, y en Las Toscas no había médico. Yo le tenía que dar las inyecciones, un corticoide fortísimo. Y luego tenía ese problema de sensibilidad y de huesos. Cualquier cosa que tocaba le sacaba un moretón. Pero yo creo que le hice mal. Ella se quejaba de que yo había interrumpido su carrera de poeta. Y era cierto. Ella era un bicho de la soledad. Y yo tenía conciencia plena de eso. Ésa fue mi parte mala. Yo le destruí la soledad”.
A su funeral asistieron diez personas. Idea murió el 18 de abril de 2009. Dejó escritas las instrucciones para su sepelio en un papel. Selva, su empleada, fue la depositaria: “Nada de cruces. No morí en la paz de ningún señor. Decir: allí murió Idea Vilariño. Cremar”.
El 17 de mayo del mismo año, murió Mario Benedetti. El gobierno decretó duelo nacional y velatorio en el congreso. Al panteón del Cementerio Central, donde lo llevaron, fueron dos mil personas.
Este ensayo tiene la pretensión de explicar a Idea, la ingenuidad de mostrarla desde la subjetividad, la imposibilidad de interpretarla. Son notas biográficas, recopiladas en dos días de lectura, conceptos y como tales, nada capaz de dimensionarla. Es una reconstrucción del personaje a merced de sus sombras.
Nació en Montevideo el 18 de agosto de 1920. Murió en Montevideo el 28 de abril de 2009. |